Cristina Gutiérrez: En los márgenes del vórtice
NO es un epitafio, es una metáfora, motiva a titular esta lectura de un nuevo libro del crítico cubano-newyorkino Piter Ortega, con un capítulo para referir a los caracteres del arte de la connacional Cristina Gutiérrez-Cruz. Impele a estar en el ojo de ese fenómeno creativo que él denomina vórtice, tropo que rota y desplaza hacia los márgenes, donde encuentra las turbulencias e influencia de energías más sutiles y propias de la creatividad; porque si nada ocurriera la obra sería plana o llana, necesita de ese impulso irrefrenable del Caos.
Además, estar en los márgenes sugiere campo de batalla, reyerta entre la memoria y el olvido, bordes donde potencia la nostalgia por el legado o fruto de las experiencias artísticas profundas, o a lo que se llegó y deja huella: la obra de arte.
Importa preguntarse dónde termina la intención creativa del artista y empieza la interpretación del espectador, del lector, objeto y sujeto de la investigación experiencial: Fluye cuando nos sumimos en el taller, laboratorio donde se prueba todo lo posible. Esto es lo que me queda de la lectura crítica de 33 artistas internacionales, en “¿Cómo se interpreta una obra de arte? Un viaje emocional, visual y simbólico para aprender a mirar”, libro del sello editorial ART SÓLIDO.
Estar en las páginas de un nuevo libro, de este periodista y académico de la Universidad de La Habana, Instituto Superior de Arte (ISA) cátedra de Estética y Crítica de arte, es una apuesta invaluable.
Leer y recordar estos pasos en el arte, preguntarse cómo enfrentar los procesos de validación: crear, pintar, dibujar, grabar, instalar, ensamblar, conceptualizar, exponer, atender a la crítica, entablar relaciones con otros contemporáneos, acceder a circuitos de legitimación entre tantos otros factores de un ejercicio irrefrenable, es de alto valor, como diría el historiador brasileño Federico de Morais en una entrevista que le cursé en la década de los noventa, cuando él llegó a este país de jurado para uno de los salones nacionales, dijo: “El Arte es el oro de las naciones”. (Morais, revista FANAL MADC).
Pero no sólo esto, esta evocación consiente significado al acto de crear e insertar nuestro pensamiento crítico en los ríos de la cultura, cuyas aguas abundantes y briosas, a veces turbulentas como las del vórtice, poseen sus propios anclajes, claves de evaluación, y jergas o lenguajes artísticos que requieren conexión con esos nodos del sistema del arte.
Leer estas reseñas me llevó a recordar los años setenta en Centroamérica, fueron tiempos del pragmatismo norteamericano, influyente en estos territorios considerados el “back yard” (patrio trasero de los Estados Unidos, y tener que luchar contra esos mecanismos de discriminatorios en tiempos de una validación centrada en el artista, en la persona, no tanto en la obra como es correcto, y como ocurre hoy en día, alcanzarlo tiene sus propios méritos y aún son desafíos latentes que el creador necesita superar.
Un día de estos me tocó presentar el libro-catálogo del Salón Nacional de Artes Visuales 2025, en el Museo de Arte Costarricense -del cual fui jurado-, fue un esfuerzo importantísimo en estos tiempos de publicaciones en línea que son casi efímeras, por lo que tener un libro impreso, sentirlo en nuestras manos, aporta a las prácticas artísticas porque incrementan los diálogos entre los y las participantes en el evento, curadores y demás trabajadores de la cultura. Consciente una oportunidad para gestar conversatorios intergeneracionales, interregionales, que mueven todo el aparataje de la cultura oficial. Son un diálogo, en fin, con el sí mismo de cada creador visual que, posee entre sus manos un documento que lo valida y clarifica sus búsquedas, la investigación artística, discursos o lenguajes, posturas asumidas para comprender y dar sentido a su propia interiorización dialogando con el Cosmos.
El libro de Piter
Al leer las páginas de “¿Cómo se interpreta una obra de arte?, cancela todo esfuerzo puesto al darle vuelta a las páginas nutriéndose de una poesía emocional, con que va abordando los contenidos de las obras valoradas, marcadas con su propia clave de continuación, y navegar el océano nutrido de corrientes artísticas internacionales que debemos saber nadar, zambullirse en sus enigmas, para que no nos revuelque esos altos oleajes de la teoría y crítica del arte actual.
Posee, esta publicación, dos apartados estructurales y de contenido: “El arte de interpretar el arte”, en el cual el autor describe y comparte los propios saberes, lo aprendido a lo largo del tiempo de formación y su praxis como profesional en periodismo, curaduría y crítica de arte, aporte que debemos relacionar al logro, la presencia de nuestra pintora connacional.
El segundo capítulo versa en un “Viaje al centro de la imagen, Ejercicios de interpretación”, tránsito y miradas por las obras, por las poéticas individuales y profundas de las obras que se vuelven políticas al ser críticas de un mundo que hoy pareciera estar de cabeza.
De Cristina Gutiérrez, el autor devela el principal sesgo crítico en sus páginas:
“Estéticamente, la obra es un vórtice. Un torbellino de líneas negras que parecen raíces, vísceras, mapas neuronales o escrituras perdidas. Hay algo en ella de arqueología psíquica: como si escarbara en capas invisibles del ser.” (Ortega 2026).
El párrafo me sacude profundamente refiriendo a Briggs & Peat autores de las siete Leyes del Caos, donde el torbellino de energías creativas trasciende a la obra, y al leer esa figura del “Gran Caos”, en las gráficas pictóricas que Cristina exhibió en la Galería Nacional, la acrecienta, a ella y a su obra.
Refiriendo al autor del libro que se presentó el 16 de abril en los salones del Costa Rica Country Club, sí me pidiesen un símil para comprender el carácter o estilo de su escritura, como clave de su estilo y parangón daría su opuesto, hablaría de aquel crítico quien escribe como si estuviera redactando un balance de economía financiera, sin usar un signo de exclamación, ni una metáfora, son meros datos que es cierto que elaborados generan información, pero carecen del hálito de luz que tan sólo se asimila al contemplar el “alma” de la obra de arte. Y eso requiere disciplina, profundidad, pero sobre todo bríos emocionales. Me recuerda las palabras del decano de la crítica de arte, el también cubano Gerardo Mosquera, a quien también entrevisté a mediados de los años noventa para la revista FANAL del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo, afirmando que “la crítica se escribe”, o sea que requiere del talento literario, que en el caso de este autor es otro vórtice insondable de las potencialidades humanas.
Para cerrar con broche de oro esta reflexión, abriendo a su vez la interrogante respecto a la obra conceptual de Lázaro Saavedra González, la segunda que comenta de este artista cubano, página 150: “La respuesta, quizás, no cabe en un lienzo. Ni siquiera en un epitafio”. (Ortega 2026).
LFQ. Abril 2026.
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