AMERRIQUE´S
Amerrique & Abya Yalá
Terminologías descolonizadoras en el arte contemporáneo
En el pensamiento del artista Rolando Castellón Alegría, nacido en Managua en 1937 en casa de la abuela materna de quien en la infancia aprendió a dibujar, al observar barrer con escoba de hierbas el lodo remanente trazado con estrías y diseños ancestrales. La abuela rociaba agua y cenizas sobre el suelo de tierra, para apelmasar el polvo portador de tantas similitudes con la vida: la educación del cipote, la economía familiar, la conciencia en el arte y cultura de Mesoamérica que ya encendía su imaginación.
Aquella técnica de limpieza cotidiana quizás era sustancia y origen de su arte ataviado de tanta materialidad y carácter “povera”: estratos naturales como tierra, lodo, cenizas, raíces, tizones apagados, piedras, bejucos, maderas, semillas, flores, cáscaras y frutos secos, cartones doblados, donde mostraba la profunda fascinación por las cartografías terrestres esbozados en aquellos mapas.
Con frecuencia opino que eran atlas para buscarse a sí mismo, para rastrear lo que porta en sus adentros, raíces, encuadres, identidad, que hoy colecta en ARCA (archivo Rolando Castellón Alegría), situado en calle los Mora de Zapote, San José.
¿Será quizás la noción imprecisa del suelo que todos buscamos y deseamos volver? Diría el filósofo y poeta de Antillas Menores, isla de Martinica, qué eso que busca lo lleva en sus adentros a donde quiera que dirija sus pasos de caminante. (Edoard Glissant. Poética de la relación 2008).
A él le intriga el origen del nombre de este continente, impuesto por la dominación hegemónica europea, y porque en la educación del pasado de total actitud eurocéntrica, se nos dijo que el nombre hace honor a Américo Vespuccio, un cartógrafo italiano quien durante la colonización trazó las primeras aproximaciones al atlas de este suelo rodeado de océanos e irrigado por cientos de lagos y ríos, donde yerguen macizos volcánicos que los pueblos originarios bautizaron Abya Yalá. Pero por nuestra terquedad de preferir lo extranjero, ignoramos.
Él reclama que debería ser un nombre más terroso, serrano, acuoso, o magmático, que recordara alguna etnia o tribu que lo habitara desde tiempos inmemoriales. Por ello le encanta el nombre de Amerrisque, o Amerrique, en maya-Quiché traduce como tierra de vendavales; o el de Abya Yalá nombrado por los indígenas guna del archipiélago de San Blas fronterizo entre Panamá y Colombia, y que traduce “Tierras del florecimiento”, como la luminosidad portada por el nuevo baktún de la temporalidad maya iniciado en 2012, o el quinto sol de la filosofía zapoteca que ya calienta la faz de la Tierra.
Trasciende también que todo el istmo que poblamos era explorado y navegado en búsqueda del oro, y qué, quizás los expedicionarios de otro Italiano: Cristóforo Colombo, escucharon el nombre de estos montes habitados por tribus ancestrales llamadas “amerrisques”. Además, esta suelo de desplazamientos y migraciones situaban las costas del Caribe como región de influencia del culto orisha de la religión Yoruba, traída por los esclavos africanos al Caribe durante la zafra de la caña de azúcar, y esos imaginarios y bestiarios marinos se extendieron por el norte hasta el istmo de Tehuantepec en México, llamados “huave o mero iccot”, y por el sur la presencia de Yemayá llegó hasta Brasil.
Pero existe otra dicotomía respecto al nombre del continente, Abya Yalá, es el ya mencionado vocablo Guna de la lengua “dulegaya”, de ese archipiélago en el Tapón de Darién, creadores de las molas, textiles usados por las mujeres para cubrir sus pechos y que hoy son un lenguaje textil de fuerte raigambre bio/cultural, portador de una identidad que se sostiene en el tiempo.
Abya Yalá se traduce entonces como “tierra de vida”, emblema del profuso entorno natural de este istmo centroamericano. También se traduce como “tierra de sangre” al evocar la resistencia indígena ante la colonización española. (referencia IA Google para celulares. 2026)
Menciono estas contradicciones originadas en nuestra culturas del pasado, pues al maestro le hierve la sangre, ante por la terquedad de preferir las voces europeas. En los años setenta hubo un congreso indígena en Ecuador, aprobando nombrar al continente Abya Yalá, el cual dista desde Groenlandia a la Patagonia, para ser utilizado en toda comunicación académica institucional.
Sin embargo, existe otro detonante más en esta dicotomía de las terminologías políticas o culturales, teoría que ya hemos ventilado en varias propuestas expositivas e investigaciones. Se trata de la memoria del curador chicano Thomás Ybarra-Frausto de la Fundación Rockefeller. Este historiador llegó a Costa Rica a impartir una conferencia en el recién inaugurado en aquel entonces Museo de Arte y Diseño Contemporáneo, para el Foro Ante América 1994.
La muestra había sido curada por Rachel Weiss, Carolina Ponce y Gerardo Mosquera en 1992, conmemorando el mal llamado “Encuentro de Culturas”, patrocinado por el Banco de la República de Colombia, exhibida en la Galería Luis Ángel Arango de Bogotá. Y digo mal llamado en tanto para nuestras culturas originarias aquello fue una invasión que enterró el arte, las lenguas autóctonas, y el modelo biocultural tan armonioso, sustentable, y potenciador del planeta vivenciado por sus moradores.
En la aludida conferencia Ybarra Frausto disertó sobre la cultura de Aztlán, asentada en la región californiana, y que según describe el Códice Boturini, llamado “de la peregrinación”, emigraron tras una visión chamánica de la isla en una laguna en la cual creció la tuna, y posó el vuelo un águila con una víbora entre sus garras. Ahí, según las narrativas vernáculas encontraron el signo descrito por sus padres para fundar la ciudad mexica o azteca (descendientes de Aztán,que significa tierra rodeada de agua) y donde fundaron Tenochtitlán, cuyas vías de tránsito eran canales navegables.
Los Amerrique o Amerrisque
Para el artista visual y curador Castellón Alegría, el centro justo del continente, fue donde él nació, refiriéndose a los montes reconocidos con esta palabra maya-Quiché. Son cerros que hoy conforman el Geoparque natural Amerrique, localizado entre las comunidades de Juigalpa y Libertad, Departamento de Chontales, Nicaragua. En la tradición vernácula estas montañas separan el gran lago de Nicaragua de la costa de los mosquitos o misquitos, y significa "territorio donde el viento sopla".
Volviendo a las narrativas de Castellón, se recuerda uno de sus alter egos: Moyo Coyazitl, referencia náhuatl, pues él cree en el mito de la Atlántida, mapas que localizan lagos, mares, continentes, y aunque el sociólogo Ivar Zapp Nauman, autor del libro “Atlantis in América”, y “El Retorno de la Edad de Oro. La lengua cuadriculada de lo huetar”, una de las culturas que se asentó en el Valle Central costarricense, Ivar vivió en los años que nuestro artista centroamericano permaneció en San Francisco, como curador de arte contemporáneo del SFMOMA. Quizás, estuvieron en las mismas exposiciones, comieron en los mismos restaurantes, y residieron en la misma cuadra de la ciudad, pero no se conocieron. Fue hasta 2015 en un almuerzo con él e Ivar, que compartimos estas visiones de las culturas ancestrales, e incluso Castellón, curó una muestra de sus dibujos y grabados de paisajes idílicos de la “Atlantis” que ambos visionaban.
Entonces, y con esto concluyo, con el arte que busca y encuentra este chamán nica-tico, Amerrisque, está en la materialidad con que el maestro trabaja, está en los objetos que instala, en las poéticas que se esparcen en el territorio: Chontales, traspasado por éstos cerros de Norte a Sur. El espíritu de los cerros está en las exposiciones que él monta e instala con la poesía de su propia sintaxis, lo encuentra también en el arte de otros, en sus raíces, lenguaje, gramática, léxico, semántica. Se trata de una carga de vivencialidad que él porta a los sitios que lo conduzca sus pasos y donde ponga el visor de su mirada escudriñadora.
LFQ. Febrero 2024.


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