El horizonte como fractal: la quietud y el oleaje Acrílicos sobre lienzo de Marianela Salgado
La exposición Horizontes reversibles, de la artista Marianela Salgado, Sala Umbral, Museo de Jade y la Cultura Precolombina en San José, Costa Rica, curada por Flor Gallardo, puede leerse como el umbral donde la geografía física se disuelve para dar paso a una dimensión puramente temporal y psíquica.
Yo no veo paisajes marinos ni pampas o mesetas; mi lectura ancla signos de distancias y geometrías abstractas, temporalidades atmosféricas o las del reloj que son lineales, pero a mí en particular me interesa el tiempo emocional, fractal de nociones de calidad no de cantidad.
Está lectura ancla en el tratamiento del lenguaje simbólico, en la elección del formato alargado y horizontal; está en las texturas que asemejan espumas o encajes de un ropaje íntimo de la mujer que es, a su vez, jerga anecdótica que ha estado presente en casi toda la obra de esta artista nacida en 1955. Al inferir el año de nacimiento de la artista, me liga a la “generación de la bisagra”, según el filósofo suizo Cal Jung, su eje se mueve en dos batientes que representan grandes acontecimientos sociales y culturales que marcaron a las personas que nacieron en este lapso (1945-1965): Sentir tras de sí los estertores de la segunda guerra mundial, y la bomba de Hiroshima pero a la vez la llegada de la televisión y el alunizaje del hombre en la Luna, y ¿por qué no citarlo también?, aquella época de la paz y amor que nos marcó a la juventud de aquellos años.
Y ya que refería a Blanchot, al entrar a la sala y detenernos frente a estas obras, como espectadores experimentamosuna sensación similar a la de ”Thomas el oscuro”: la experiencia radical de pararse frente al mar, contemplar el horizonte y ser absorbido por la fijeza de un tiempo neutro. No es el tiempo cronológico que avanza, sino un tiempo fractal, suspendido, donde el pasado, el presente y el porvenir coexisten en una misma superficie que Nela colma de indicios del entorno, pero que ahí hay algo más que paisajes. Pero también, que en mi caso personal yo refiero a caminos, a rutas, a cartografías. Como en las páginas de Blanchot, el horizonte de de esta pintora es el lugar de una espera infinita, un vacío paradójicamente pleno que nos atrae con la fuerza de lo inaprensible.
Detalle
Es en esa aparente quietud de la línea del horizonte que ella define como reversible, donde estalla la paradoja. El acrílico, trabajado a partir de veladuras y texturas contrapuestas, logra capturar la dualidad de ese instante: por un lado, la inmovilidad del pensamiento que contempla; por el otro, la fuerza indómita del oleaje que revienta contra el límite de la tela. Ese oleaje no es solo agua; es la materia misma del tiempo chocando contra nuestra consciencia.
Y aquí merece tener un detenimiento para referirnos a la connotación de “oleajes”, que en tanto nos lleva por los océanos del mundo y como ya dije son caminos simbólicos, cosa que me evoca aquella canción de Omar Geles: “los “caminos” de la vida, no son como yo creía, no son los que yo esperaba.” Oleaje tanto como camino son sinónimos de vicisitud, de contingencia.
Volviendo a mi lectura de la muestra de Nela Salgado, es el devenir que insiste, que golpea y que nos recuerda que el horizonte que vemos afuera es el espejo o doble de esa línea que llevamos dentro. La artista consigue que sus pinturas funcionen como esos fractales de los que hablaba el autor francés: fragmentos que contienen la totalidad del espacio y del Ser. “Horizontes reversibles” no es una muestra de paisajes, sino una cartografía de la intimidad y de la memoria colectiva, un espacio donde el espectador, al igual que Thomas frente a los espumosos encajes del océano, se descubre a sí mismo siendo observado por la inmensidad. Esta metáfora o quizás más bien paradoja dicha de otra manera, es el horizonte que miramos y el cual también nos mira, evocando las teorías sociológicas de los sesenta y setenta del siglo pasado.
Lo que hace que “Horizontes reversibles” sea una muestra verdaderamente perdurable no es solo la destreza técnica de Marianela Salgado con el acrílico, sino su capacidad para consumar y consumir al espectador dentro de su propio argumento. Todos, sin excepción salimos mojados de la sala del museo.
Importa afirmar además que la exposición no se limita a ilustrar el concepto de la horizontalidad; lo agota, lo estruja,lo vuelve absoluto y lo reclama como propio. Al salir de la sala, comprendemos que esa línea divisoria nunca estuvo realmente afuera, sino que se trata de un horizonte psicológico y simbólico que eclipsa, moldea y define el transcurso de nuestra propia vida.
Esta artista en plena madurez nos demuestra que el horizonte es, en última instancia, el reverso de nuestra propia mirada: un límite que no encierra, sino que nos expande hacia la inmensidad de lo que somos.
LFQ. Septiembre de 2026
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