Alessandra Sequeira Garza: ENRAIZADA
Entrar al espacio “experiencial” de esta manifestación creativa conlleva un impacto quizás espiritual, muy de naturaleza interior, psicológica, que atañe al entorno de lo natural, es un altar para propiciar el coito de la Madre Tierra y el Universo. Ancla una inflexión en la cual analizar su aporte al arte local, entablando eln diálogo o introspección con la materia: con esos hilos, bejucos, fibras, raíces, tejidos, mallas, reconocimiento al campo perceptivo donde gesta el lenguaje, que en mi caso personal me porta a revivir la metáfora de subir al árbol.
Quien sube a esa enorme estructura arbórea configurada por la artista en la nueva sala del Calderón Guardia, vivencia el reto de una acción simbólica, metafórica, con el imaginario propio de su lenguaje y claves de conexión con el espectador. Quien logra hacerlo…, jamás volverá a ver el mundo igual. Implica el reto, la cima elevada que destella como un astro del firmamento cósmico.
Aquella “catedral gótica” -elevada hacia el vector zenital-, trenzada, anudada, colgante, marca el centro de la espacialidad tocando el punto más alto de la galería, en tanto que esa instalación de hilos y encajes resignifica el Axis Mundi, la materia leñosa (Lignum Configuratio Onis), ojeada que, en mi caso personal, me sume en el sopor de una quimera, aletargando mis sentidos y capacidades mentales.
Fue a partir de ese momento en el cual me movía por la exposición, capturando sus íconos e imaginario creativo, que fluyeron los recuerdos en esos juegos de la memoria autorreferencial, y en una suerte de narrativa insondable del ayer, fluyó el recuerdo de cuando visité el bosque de Monteverde, en la parte alta y montañosa de la provincia de Puntarenas, colindante con la cima del Arenal.
Vivencié la experiencia de penetrar al vientre de un enorme `Ficus Insipida` o higuerón centenario, encendido por los últimos rayos del atardecer, y yo en su interior, donde colgaban líquenes, trepaderas, bejucos, epífitas u otra fauna silvestre, trepaba la empinada oquedad.
Encendido por aquella ilusión, de inmediato pensé en sujetos u objetos poderosos que sellaran la vivencia: Pensé en una capilla ardiente, en una catedral boscosa, con suelo de hojarascas, raíces aéreas, esas que descuelgan buscando el humus del terreno, al contrario de las hojas que buscan la sempiterna luminosidad; ahí estaba aquel vientre del tronco hueco, por el cual avistar al mundo.
Advertí el vector de la mirada crítica posarse sobre aquellos flujos acuosos vertidos por la entraña de la Pachamama, representados en los textiles, nudos de fuerzas interiores que tensan y colapsan, fragmentan y a la vez reúnen, patrón de distensión, sinónimo de armonía, paz, luminosidad, filiación amorosa con la naturaleza en su coito con el Universo.
Pensé en la acción de entretejer un escudo, como aquellos abultamientos o combas que Alessandra entreteje en los centros de los cuadros para anticipar la estocada o ponzoña del “animus”, del amigo-enemigo, punto de confluencia de todos esos vectores de energías hiladas y raíces retorcidas como raicillas rizomatosas que se descuelgan desde la cima, anteponiendo esta cala de visiones alusivas a la excelsa y santa muerte. (El árbol, es el eje vertical que simboliza el féretro donde suben o bajan al inframundo, en la cosmovisión de nuestros pueblos originarios ancestrales, en conexión con el Supramundo: la Ceiba pentandra mesoamericana).
Aquellos cuadros son enormes signos hilados, compuestos por tensiones adyacentes al conformar núcleos, brotes, rizomas, combas o pelotas de materia que atrae todas esas acciones y reacciones provocadas por la mano de la artista.
Sin duda esta propuesta de Sequeira es de corte existencial, trata de las cosas que a veces cohíben, intimidan, reprimen, instigan a la discordia como un recuerdo amargo, o el miedo en todo proceso de enfrentar nuestra transformación, pero que luego de entablar el ritual de reconocimiento, como un recién nacido abre por primera vez sus ojos para apaciguar sus temores, se siente enraizado y pegado al vientre mismo de la tierra por un cordón umbilical simbólico.
Pero también es sinónimo de incertidumbre, de asumir el signo contradictorio de las paradojas, me recuerda un verso del poeta hermetista italiano Salvatore Quasimodo, en su libro “Ed é subito será”: “Estoy aquí clavado al centro de la tierra por un rayo de sol, pero de repente se hizo de noche”.
Claves abiertas
Distancia de la pared de la sala, una de sus piezas emblemáticas, para apreciar el enigma del dorso/reverso, para apreciar un dibujo con hilo de una cartografía, de un mapa del universo. Otro acierto es el conjunto de piezas dispuestas sobre el césped del jardín interior, funcionan muy bien como esculturas, que vuelven a clamar a la entidad sagrada del Cosmos.
Enraizar, en sentido figurado, significa establecerse con firmeza en la noción del lugar del cual venimos o vamos, porque pertenecemos a ese lugar, suelo, situación.
Arraigar establece vínculos profundos porque hablamos de territorio, propiedad, cultura de donde somos y nos apropiamos del mundo.
La de Alessandra Sequeira Garza es una propuesta poética, de copiosas capas de transparencias y significados, a través de las cuales se pueden visionar los demás cuadros expuestos en las salas, por esas oquedades o ventanas de aquella catedral arbórea, compleja de leer porque a pesar de todo está vacía, es un intersticio inmaterial para que fluya la mirada, entre tantos hilos, entre tantos nudos, entre tantas cuerdas y materias que dispuso la artista como señal, y entonación del aguerrido grito que activa el campo de batalla: la vida en la cual enfrentamos todos los días el desafío de la creación artística.
Indagando un poco más acerca de sus aportaciones de esta propuesta al arte actual, la IA reseña los pilares de su obra, señala la capacidad de esta artista para transformar el arte como herramienta de sanación interior o reconexión con su entorno y naturaleza, al igual que con la cultura.
Innovar en los textiles e instalación implica posicionar el arte textil no sólo como técnica sino como territorio vivo, símil del entorno y extensión de la memoria corporal, que son tejidos, tramas, sostén.
Son conexiones concebidas como entidades que se autodefinen al interactuar con el entorno, y que hemos llamado Madre “dadora”; tan significativas a nuetro origen bio/cultural.
Aborda un ligamen relacional y experiencial, más allá de la estética, perfilando un legado sensorial, catapultado por la introspección, en las aguas del río que nace de la entraña y provoca renacer.
Trae a mi memoria la metáfora del renacer en las aguas del estanque de la pintura de John Everett Millais: Ofelia, pintado entorno a 1852, e ilumina el propósito artístico de esta propuesta, con lo cual concluyo esta exploración al carácter y significados de una obra tan inquietante, con lo cual busca entablar una comunicación liberadora, a través de líneas de interacción humana, utilizando texturas olfativas además de las táctiles y audiovisuales, como en otras muestras suyas en la Sala IV del MADC, en el Museo Municipal de Cartago, en la Bienal de la luz, Galería Nacional, entre otras, todo para que el espectador se reconecte con su propia esencia, mediada por la empatía y resiliencia propia.
LFQ. Marzo 2026
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