El Latido del agua: Gratitud y reverencia a la Madre Tierra

Lorena Villalobos. Manglar de Nosara 2026.

El Museo Municipal de Cartago, inauguró el pasado 28 de junio 2026, cuatro muestras de mujeres artistas; el título de “Iriria Së: Grabado Mujer”, además de un homenaje a Cecilia Cersossimo, otras sala dedicada a las xilografías de Karen Clachar y técnica gráficas de Lorena Villalobos.

Visitar estas propuestas me sumió en un resquicio del muro de la comunicación, pues de primera entrada nunca sé, qué responder. La razón me mueve a externar mis narrativas acerca de la apreciación, que para mí es como nadar contracorriente en las briosas aguas del río del arte. Al inicio son corrientes turbias y turbulentas, que en situaciones se quedan turbias y no aflora la interpretación. Ocurre cuando no “anclo” en esas aguas, no escribo nada. Mientras regreso a casa, cede la turbiedad y de repente veo algo que quizás despierta mi interés, empiezan a aclarar y dejan ver las riquezas de los fondos, puedo ver piedrecillas y arenas nunca vistas hasta algunas que el fondo brillan oro.

Cuando llegué al museo observé a ambos lados, y uno en particular se apreciaba demasiado turbio, sólo logré leer “Iriria Së”, pero del otro encontré un remanso naciente que me consumió de lleno en una zambullida pues abundaba el agua, y eso tiene interés: Eran cauces, cataratas, vórtices, manglares, humedales, en colografías de la artista Lorena Villalobos. Me encanta que las creadoras(es) visuales pongan su visor en la naturaleza, en tanto ésta nos da tanto, pintarla, grabarla, elabora un sintagma para el paradigma ecológico al decirle en el lenguaje holístico cuán grande y maravillosa es.




Homenaje a Emilia Cersosimo

Iriria Sé (Grabado Mujer) 

La expresión titular proviene de la cosmogonía de los pueblos originarios que habitan Baja Talamanca y Bribri representada por “La Niña Tierra”, regeneradora del mundo. Conecta con un entorno y trasfondo sagrado a valorizar y respetar, porque es un tesoro legado al costarricense y a todo el planeta. En dicha visión de mundo su dios Sibü puso la naturaleza para extraer el sustento, pero hacerse con tolerancia y respeto, no para destruirla. La figura de la danta como deidad de la tierra en las tradiciones talamanqueñas, no es sólo un animal nativo de ese hábitat, sino una figura ligada a la transformación vivenciada por la princesa Iriria niña para dar vida al suelo y a la semilla, nobleza y soberanía alimentaria.

La Madre Tierra representa la maternidad y fertilidad. En los pueblos del valle del Térraba, los Brünka, le llaman “Ibé Tap” en su lengua nativa representada como a una mujer parturienta, sentada de cuclillas (estructuralmente es un triángulo invertido sustentado en un único punto, lectura de inquietante equilibrio, cualquier movimiento por leve que sea la desestabiliza). Para la mayoría de los pueblos del continente, la Pachamamá se representa con el signo de la espiral simple de paso continuo: la serpiente, presta para lanzar su ponzoña cuando se le molesta.

Iriria Së al nutrirse de mitos locales, el grabado mujer aleja los referentes tradicionales eurocéntricos para volverse una opción descolonizadora del arte. Y ya que refiere a la botánica y a la zoología, veo en la muestra abundancia de líneas y en particular curvas o arcos abiertos que son signos de sensualidad, están en las de las hojas, flores, árboles, serpientes, piedras de río y sus corrientes como también el mar, lenguaje que legitima el arte que confía en lo sublime de lo natural. Pongo como ejemplo la pieza de Carolina Valencia “Vuelo de vida”, 2026, cuyas líneas traspasan la diagonal del formato confluyendo en el rostro de una mujer danta, dada la prerrogativa de la temática, quizás represente a la niña Iriria pues ella ha tocado ese abordaje en otras muestras con recursos técnicos y conceptuales distinto, como en la instalación. También evoco otra pieza de unos peces que se mueven en la dinámica de curvas y contracurvas representando la sinuosidad de la corriente y deriva del río, pero que no logré documentar la ficha técnica, pero sí tomar la fotografía de la obra.


Salas del Museo Municipal de Cartago


Salas del museo Municipal de Cartago, y la xilografía de Carolina Valencia.


¿Qué me deja o aporta el sesgo pedagógico de Iriria Së?

En este punto cohesiona la mirada crítica a esta muestra, la contradicción está en el montaje de esas salas a la derecha del vestíbulo, tan recargado. Impele a preguntar: ¿Si montar cuatro muestras no sacrificó la necesaria distancia entre las obras y la espacialidad museográfica para que el observador se mueva, e incluso más debido al tamaño de los formatos tan grandes, impide una mejor apreciación de lo exhibido? Por otro lado están expuestas las impresiones en sedas que cuelgan en las galerías, y respectivos tacos o placas grabadas elaboradas por las artistas.

Volviendo a la metáfora de las aguas del río del arte, fue bastante difícil para mí superar esa turbiedad que me asfixiaba, e incluso ahora que intento escribir mi comentario, huyen presurosos recuerdos del ejercicio de apreciación y lectura de las obras, pues falta aire al espacio que me provocó ansiedad. Vuelve inaprensible nuestra capacidad de percepción y análisis de la obra de arte.

 

Sin embargo, vuelvo al título de la propuesta, el conjunto  y colectivo dota a la muestra “Grabado Mujer” de una arista del “ecofeminismo” quizás espiritual, voz política o mística que deja de ser recurso formal, para trascender en herramienta poética, la cual defiende el discurso ecologista a través de la identidad de género y ancestralidad también importante en tanto hoy en los grandes abordajes del arte contemporáneo interesa la bio/culturalidad.


 

La sala de Lorena Villalobos 

Ya externé mi preferencia hacia su discurso, despliega una mirada conmovedora y profundamente necesaria sobre el entorno natural, al plasmar la fisonomía de los ríos indómitos: cascadas, humedales y manglares actuantes como guardianes del litoral, ella no sólo retrata paisajes, captura el alma esencial de los ecosistemas del país. Abordaje en suma importante, cuando hoy las guerras son por el petróleo, mientras se argumenta que en un futuro serán por el agua, y ya una botellita de este vital líquido equivale al mismo precio de los combustibles. Nos recuerda la fuerza vital implacable e imperecedera de la Madre Tierra, exponiendo a su vez su extrema fragilidad ante la huella humana. Yo, como espectador, me dejé arrastrar por lo conceptual de esas corrientes de contemplación, trascendiendo lo meramente visual, para anclarme en la poética de la flora y fauna, y sobre todo las aguas tan importantes para el equilibrio con los demás dones que nos brinda el planeta: El aire, luz solar, calor, suelo y cultivos, fuego, lodo, barro, árboles y tantos detonantes más. Las texturas y transparencias del agua y el verdor de lo vegetal, son un llamado urgente a la preservación de este Edén hoy en crisis. debido a los agresivos extractivismos y contaminación imperante, e incluso espolio de tierras y dones culturales de nuestros pueblos originarios, que nos debiera postrar a orar en gratitud a la noble grandeza e inmanencia que nos extasía de la Pachamama. Me evoca los discursos del maestro Francisco Amighetti interpretando una pintura oriental: sus artistas pintaban una naturaleza enorme y desafiante, y a un ser humano diminuto ante aquella fuerza que parecía aplastante. 

En un momento del recorrido por las salas me detuve a recordar a Don Paco, pues asimilar ese encuadre sintetiza del significado o respeto que los orientales dan al entorno, pero hoy en la cultura contemporánea le perdimos el respeto a la naturaleza, de ahí tanta sequía, crudeza invernal, ciclones devastadores y terremotos, como hemos visto en Venezuela en estos días que dejó por el suelo decenas de edificios enterrando a sus moradores pajo el polvo y detritos urbanos. 

De manera que al regresar a mi lugar de estudio, para trabajar y pensar, analizar y reflexionar en el arte y sus propuestas procesuales, traté de buscar la comba al palo para aclarar mi postura crítica respecto a lo visto: Al exhibir la propuesta en El Museo de Cartago, aporta visibilidad a la gráfica femenina y descentraliza la oferta artística nacional.


Xilografía con el tema de las máscaras de Karen Clachar.

Introduce la noción del gran formato en el grabado y carácter experimental, homenaje a una pionera de este campo como Emilia Cersosimo, regenerando diálogos temáticos entre la naturaleza y la cultura. Con los grabados del abordaje de la máscara y las fiestas populares de Karen Clachar, la ojeada crítica a lo cultural convive muy bien con los discursos ecológicos y ancestrales. “Detrás de la máscara” explora la antropología identitaria e iconografía social, cuestionando la cultura del consumismo masivo y la hibridación cultural que siempre serán puntos de quiebre para explorar la diversidad cultural. 

Por su parte Lorena Villalobos con “Fuerza y fragilidad”, reflexiona sobre el medio ambiente, el agua y el delicado estado del universal Jardín del Edén que llamamos Tierra e Irriria niña. 

Ya para cerrar mi comentario diría que el Museo cartaginés se vuelve epicentro cultural de vanguardia fuera del circuito y hegemonía “capitalcentrista”, pero quizás sólo me queda dar un grito a viva voz por el reclamo a los espacios que merecemos los visitantes al museo, para poder valorar lo que nos prometen.

LFQ. Julio 2026.

 

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