Trazos de Nostalgia: Casas Antiguas de Paraíso pintadas por Víctor Herrera

El bar de Paco, en Paraíso, acuarela de Víctor Herrera.

Hoy día para escribir de arte, como el comentario de una exposición, importa que nuestra observación sea la másacertada, para conectar de forma impecable un evento local contemporáneo, como en este caso, con uno de los hitos teóricos más importantes de la historia del arte contemporáneo global: En primer lugar, hay una precisión geográfica que vale la pena aclarar sobre la muestra que se menciona: la exposición de casas antiguas paraiseñas del artista Víctor Herrera Cerdas (inaugurada en la Sala Uxarrací de la Biblioteca Pública de Paraíso) rinde homenaje a la arquitectura histórica del cantón de Paraíso de Cartago, en Costa Rica. Su trabajo rescata la memoria visual de casonas y pulperías icónicas mediante las técnicas del “urban sketching” y la acuarela con un marcado trazo gráfico a lapicero o bolígrafo (una técnica muy de hoy que conquista a las nuevas generaciones de artistas).

Víctor Herrera, la cas de tío Joaquín, decía mi madre.

La estación del tren de Santiago.

 

Alto y bajo

El sustento teórico para este comentario eleva este tipo de recursos gráficos (como el boceto urbano, la historieta y/ola ilustración). Esta validación de nuevos recursos pictóricos nació exactamente con la célebre exposición "High and Low: Modern Art and Popular Culture", inaugurada en octubre de 1990 en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), bajo la curaduría de Kirk Varnedoe y Adam Gopnik.

Aquella muestra en el MOMA de NY, que itineró a posterioridad al Instituto de Arte de Chicago, la cual logré ver en un viaje a esas ciudades norteamericanas, en 1991 rompió para siempre las fronteras entre la "alta cultura" y la "baja cultura", demostrando cómo el cómic, la caricatura, el anuncio comercial y el trazo gráfico de la cotidianidad como el mismo sketch o boceto urbano, dialogaban de igual a igual y nutrieron directamente la pintura de titanes del artecomo, Braque, Picasso o Fernand Léger. Pero, y algo en suma fundamental inició la gesta del arte contemporáneo de ser arma de doble filo, al observar lo europeo para descolonizarlo con el arte de nuestro continente



La esquina de Moncho Soto. 

Al apreciar hoy las obras de Víctor Herrera, el espectador percibe justamente esa disolución de jerarquías. Su dominio del dibujo callejero, cargado de herencia gráfica (de un trazo o talento muy suyo), comparte hoy el mismo derecho a la contemplación estética que la pintura académica clásica. Es un rescate patrimonial imperdible que, al igual que el hito del MoMA en los noventa, nos recuerda que el arte más vivo suele estar en el pulso y en los trazos de lo cotidiano, y, por lo tanto, ese es el arte que llamamos contemporáneo, de ahora mismo, es un punto crítico y de enorme valor para el análisis. La obra de Herrera no solo funciona como un archivo de la nostalgia, sino también como una denuncia silenciosa frente a la gentrificación comercial y el caos urbanístico actual. Me recuerda que en nuestros años de adolescencia y juventud, era suficiente con andar por los potreros pescando colitas rojas y amarillas, subir a un naranjo para comerse una jugosa naranja, todo en libertad, pero que de pronto todo cambió y las cercas de las propiedades se electrificaron y si invadimos un naranjo puede que salgamos baleados.


El antiguo Teatro de Muñeca.

La muestra de la Sala Uxarrací

Al retratar las casonas originales con la soltura del urban sketching, el artista nos obliga a confrontar el presente: muchas de esas viviendas del centro histórico de nuestra ciudad han sido devoradas por la actividad comercial, transformando sus corredores patrimoniales en fachadas saturadas de rótulos comerciales, cables y una marcada contaminación visual. El contraste entre la armonía de sus cuadros y la realidad actual genera un fuerte sentimiento de extrañamiento y urgencia por conservar lo poquito que queda; pero  a la vez, es una herramienta crítica para detectar algo que no podemos detener, pues para hacerlo, deberíamos devolver el tiempo a hace cincuenta años y el túnel del tiempo es mera ficción.

Estas piezas artísticas de Víctor Herera tienen su propio signo, un pulso sensual, germinal, pulsional, poseen la capacidad de evocación y despertar la memoria, al verlos retrata uno de los caracteres de nuestro Paraíso, que los paraiseños al caminar por la calle lo hacemos obligados pues de repente nos encontramos unas gradas de muy alto peralte no aptas para adultos mayores, o por el contrario, un hueco o desnivel que generalmente están llenos de agua y sería una zambullida segura, o vamos caminando tranquilamente y de pronto al otro lado de la reja salta sobre nosotros un pastor alemán o un “bulldog” que impacta directo al corazón.


La Mag.

La actual cafetería colombiana, en otros tiempos fue la tienda de doña Maria Luisa, 
y en el Paraíso viejo estuvo la Botica de Juan Pablo Quirós, papá de la niña Miriam.


Para concluir

Contemplar la obra de Víctor Herrera nos confronta con una cruda certeza: para recuperar ese Paraíso limpio, libre de la contaminación visual de los rótulos horrorosos que hoy lo asfixian, tendríamos que retroceder al menos cincuenta años. Lamentablemente, “El túnel del tiempo” —aquella célebre metáfora de la serie de televisión estadounidense del siglo pasado— no es una alternativa factible hoy en día. Al salir de la biblioteca del Centro de Desarrollo Humano Municipal, queda claro que el arte de Herrera es, quizás, pongo mucho énfasis a declarar esto: es el único vehículo que nos queda para viajar a ese paraíso perdido que la modernidad descuidó y que se desvaneció como muchas de las ilusiones de los ciudadanos de este nuestro querido Paraíso.

 

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