Rafael Ottón Solís: Ara Pacis

Entramar lo sagrado


Se trata de la reciente instalación del artista costarricense Rafael Ottón Solís (1946), quien aborda el concepto de entramar lo sagrado, con lo cual transforma el espacio de la galería en un territorio emocional, que ejerce sobre los espectadores una acción simbólica ceremonial interpretada en clave contemporánea. Convergen en esa trama objetos cotidianos, textiles, piedras, convertidos en arte al estar dispuestos en un monumento propiciatorio, erigido para meditar y concientizar acerca de la violencia y el conflictivo momento histórico que sobrepasa la vida actual. El objetivo primordial de esta propuesta es invitar al público a reflexionar de manera activa sobre la paz y la solidaridad, ante las amenazas a la convivencia humana, desigualdades y conflictos bélicos provocadas por tensiones de poder.

El trabajo de este artista experimentado en esta cala de discursos aporta al recinto expositivo reminiscencias de lo sagrado, a través de la reflexión de cómo la paz no debe ser una idea abstracta y absoluta, sino un ejercicio cotidiano transformador, comprometido con la colectividad hoy acosada por lo hegemónico eterno, porque sólo cambian los nombres y los rostros de los actores, pero las actitudes siempre son las mismas.


 


Caminantes de la urbe eterna

Sumirse en esta propuesta de Solís, en mi caso personal, me recuerda cuando fui estudiante de arte en Roma, década de los ochenta del siglo XX, comportándome como la hormiga, caminante de extremo a extremo de esos entramados urbanos: sus calzadas empedradas como las vías consulares Apia antigua, Salaria, Aurelia, Nomentana, entre otras, indagando el devenir de esos sitios y monumentos, acercándome a estudios urbanísticos del caminante, pues, éstas se hicieron para andarlas desafiando a la creatividad impactada por la crítica social, política y cultural. Anduve la Vía Giulia atravesando el entramado renacentista y barroco de callecitas que desembocaban en plazas en las cuales, Michelangelo Buonarotti (quien la recorría a caballo para ir a pintar el techo de la Sixtina), proyectó aquella recta rompiendo los recovecos medievales que se abrían al esplendor en plazas y placitas con residencias descubriendo la elegancia hoy apreciada. 

El Ara Pacis original quedó enterrado bajo metros de lodo de las inundaciones del Tiber, pero en 1938 el Estado italiano ordenó reconstruir sus remanentes junto al Mausoleo del emperador Augusto.

 

Así que al leer el título de esta muestra de Rafael Ottón Solís, de inmediato evoqué aquellas caminatas por la ciudad, y a menudo me preguntaba ¿por qué el Ara Pacis no estaba al lado de los Foros Imperiales, sino en las afueras del Campo de Marte? La respuesta coincide que Augusto, tanto como Adriano, fueron lectores de las urbes donde dominaron políticamente, pero la noción del espacio y la estética la portaron en sus entrañas hasta aplicarlas a su ciudad eterna, Roma.

Esta exposición en el Centro Cultural Costarricense Norteamericano en San Pedro es una muestra que resignifica los signos materiales, espacios y conceptos urbanos, al someter la reflexión del significado de la destrucción que provoca una guerra latente, como la del Oriente Medio, cunas de otras civilizaciones.

Recapitulando: el Altar de la Paz fue encargado por el Senado Romano para celebrar el regreso de Augusto victorioso en las campañas en Hispania y Galia, y aunque en un inicio estaría en pleno Foro Romano, se descartó para no recargar aquella zona histórica y ubicarlo en el Campo de Marte septentrional, frontera de lo sagrado, místico y ritual de lo romano, fuera del corazón político, civil y religioso del Imperio.




Entorno referencial

Solís agrega que su propuesta es una fusión de significantes sociales, espirituales y políticos, referencia, en primera instancia la pintura El naufragio de la Esperanza”, del alemán Caspar David Friederich, pintada entre 1823 y 1824. Entroniza un altar a la destrucción, que evoca aquel casco de una barca de madera astillada, destrozada y atrapada por la presión que ejercen las placas congeladas. Como siempre explico, cuando el discurso me colma de inmediato pienso en entablar puentes conceptuales con otras artes; pensé en el dramático filme Alexander Nevsky 1938 de Sergei Prokofiev, precisamente cuando las tropas de Napoleón atravesaron las aguas congeladas y éstas se rompieron, hundiendo el poder, como ocurre hoy con los conflicto e invasiones bélicas.

La naturaleza de esta obra impacta la memoria, es sublime, pero a la vez terrorífica, destructiva, además del tríptico de pinturas negras y los estañones metálicos pintados de negro son clara referencia al mercado perolero que impone el precio a los hidrocarburos y hoy tienen al mundo de cabeza. Solís atañe a la esperanza para que reine la Paz.

 

Significados del Ara Pacis

El manejo estético de Rafael Ottón versa como una práctica activa de la resistencia social e introspección ante signos de la convivencia humana violentada por las amenazas globales. La paz como práctica activa no es una noción abstracta y anquilosada, requiere renovarse cada día mediante acciones humanas vigorosas porque los desafíos, como lo es el arte, es cambiante y se transforma constantemente. 

Solís señala el flagelo de las desigualdades, guerras y abusos prepotentes de poder. Convoca al público espectador a un espacio “devocional” donde retomar las referencias ceremoniales del Ara Pacis, transformado en un altar contemporáneo, a través de lenguajes, poéticas, materiales y uso significativo de los espacios con intención de regenerar el diálogo esperanzador que nos sostenga a los humanos ante tanto desparpajo político, social, económico. El signo de los materiales es austero pero impregnado de memoria; no son materiales sofisticados, son industriales, textiles, piedras, velas, copas de vidrio que componen esa edificación esperanzadora para la Paz.




Principales caracteres

Lo estético minucioso y refinado de lo conceptual avista hacia la sacralidad en pulso con el caos y el universo natural ancestral, proviene de un sincretismo cultural en diálogo con las visiones judeocristianas y la cosmovisión precolombina del mundo: del Cosmos que depara pero también exige contrición y recato como rituales de lo sagrado. La estética del altar en el trabajo artístico de Rafael Ottón lo fundamenta con el uso de materias simbólicas del planeta como la tierra, el agua, el fuego, las piedras, las esferas precolombinas para reinventar los espacios del museo o galería en un contenedor de la memoria, como también lo puede significar una vasija de barro o un vaso de vidrio, amarra a las reminiscencias del dolor y la agonía del entorno, por la pérdida de balance de la Madre Natura, profanada, violada, para ser sanada a través del ritual. 

 

Puente conceptual

Ante estas percepciones de mi lectura, intento establecer (con ayuda de la IA) un puente conceptual entre Solís y el filósofo francés Geoges Bataille (1897-1962), para esclarecer el significado de la esfera de lo sagrado y las pulsiones humanas con el erotismo, en ese vértigo por la pulcritud y belleza que irradian los objetos y simbólica. El resultado radica en la de-construcción del monumento institucionalizado para devolver al altar su dignidad comunitaria, corporal y de enorme tolerancia con el cuerpo, dignidad que posee el orden imperial del Ara Pacis, nítido, en extremo estético, cuestionando lo absoluto a través de la poética del límite. 

La teoría del filósofo francés acerca de lo sagrado no se asocia con la institución y el orden político, religioso, clerical, sino con aquello que escapa a la lógica de la utilidad del exceso, la transgresión, y la crítica. El artista alude a lo inmanente y al sacrificio, que arranca del objeto simbolizando al ser, al mundo de la utilidad y lo devuelve al plano de la intimidad cósmica ya la (dis)continuidad del ser, tan cercano al pensamiento de Bataille.

La Paz para Rafael Ottón es aún una herida abierta, no es una abstracción idílica, hoy está amenazada por las presiones contemporáneas (la guerra, el abuso de poder, la intolerancia, la corrupción, el odio a lo diverso). Emerge de la confrontación de lo sacro frente al dolor colectivo en esa herida pulsional.



Para concluir con esta inflexión

Relacionar estos discursos teóricos, históricos a la experiencia creativa de Ara Pacis con la del caminante de las urbes, del migrante, implica buscarle la comba al palo, comprender la obra no como un objeto estático sino como un espacio de tránsito, atravesado por la desaceleración crítica hacia lo político y espiritual, que a veces se pierde dentro de la prisa que nos envuelve hoy a todos por igual, a no dedicar tiempo a la contemplación de lo honesto y sencillo de la materialidad, y a las esencias de lo sacro y humanizador. 

El punto de quiebre, repito, está en deconstruir del concepto tradicional e idealizado de la paz, que se transforme en una práctica activa, colectiva y cotidiana. Ver el altar no como espacio de crisis ni de sumisión, sino como un árbol que crece hacia lo alto. Y desmitificar lo sacro, verlo como un choque reflexivo que nos cambia.

Hoy la oración es una práctica extendida, pero se vuelve jaculatoria, mera repetición, cuando no hay introspección ni se reflexiona sobre lo que nos atañe y transforma, que nos permita saborear el elixir de lo divino, de lo sacro de los espacios y lo honesto de los materiales que son otra categoría de lo estético. La vertiginosa prisa hay que combatirla, transformarla con la acción del arte y parafraseando a Goethe: “del eterno entendimiento”.

La urbe impone prisa, estrés, el habitante urbano habita hoy un entorno que se vuelve despeñadero por la influencia de lo mercantilizado, agitado por la actitud de sacar réditos a las inversiones a como dé lugar. 

El altar implica pausa, detención, doblar rodillas palpando los materiales crudos como la piedra (materia común a los planetas, asteroides, cometas, satélites del gran Cosmos), metal, textiles, maderas, agua, rosas, velas encendidas, motivación a andar y cambiar de ritmo ante la monumentalidad de la obra instalativa de Rafael Ottón Solís, que hoy, en el centro de la ciudad actúa como un freno psicológico, transformando el altar automático que en verdad no vemos, que no meditamos, por la constante de esta agitada vida actual, y que nos lleve al ritual, a la estética de lo sencillo, a la memoria humana que trasciende al tiempo, y al ejercicio del eterno caminante por las urbes del mundo predicando la Paz.

LFQ. Junio 2026.

 

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