Revelación Coincidente versus Verdad Absoluta: “Todos los materiales del mundo”, libro de Franklin Zúñiga
Hay libros que se leen con los ojos; pero este que hoy nos convoca se lee, ante todo con las manos y la memoria. Referir a esta publicación no es solo abrir un volumen de páginas impresas con muchas fotografías y muchos textos que a veces se vuelven juguetones entre sí, es asistir a la revelación de un templo donde la materia bruta y el espíritu humano se reconcilian; el título mismo de “todos los materiales del mundo”, como lo puede ser todas las herramientas del taller, o, todos los talleres, es ya una declaración de absoluto.
Franklin Zúñiga no elige un fragmento terrestre; lo reclama por completo. Este testimonio de un ser que ha mirado la realidad a sabiendas que, en cada rincón, y que me referencia a su vez al gran Miguel Ángel, late una forma dormida esperando el golpe del cincel.
Conviven los materiales más heteróclitos, esos que el universo dispersó y que solo el talento del escultor congrega: Está la piedra, ese fragmento de eternidad que resguarda el silencio mineral del planeta; la roca severa que exige al cuerpo del artista para ceder a la forma: el metal, hijo del fuego, que recuerda la fragua del cosmos; la arcilla, dócil y húmeda, que en tanto barro del origen conserva el pulso original de la creación y la memoria del agua; y la madera, esa carne vegetal que se eleva buscando el firmamento, cuyas betas son, en realidad, las líneas de las manos del tiempo.
Franklin Zúñiga en su labor del taller
La tarea del escultor
Franklin demuestra que esculpir no es domar la materia, sino entablar un diálogo místico con ella; hay que romperla para saber cuál es su código, cuál es su gracia, descifrar su lenguaje secreto para devolverle la voz, como hace el poeta con la palabra, o el músico con las sonoridades del río, del océano, o del viento.
Pero la materia por sí sola corre el riesgo de quedar fría e inerte, si el milagro poético no la preña de esencia, ser el libro de una existencia ocurre cuando el taller solitario se puebla de fantasmas amados, de voces cómplices, de sangres compartidas; porque las esculturas, además del golpe a la roca dura del planeta está hecha de miradas cómplices. Eso me recuerda una frase universal del esperador romano Adriano en sus memorias escritas por Margherite Yourcenar: Expresa que su verdadero lugar de nacimiento y primera patria se encuentra en las páginas donde el ser humano contempla la existencia con una mirada inteligente y lúcida. Esa conexión íntima une el placer intelectual con la pulsión vital y la voluptuosidad de la creación. Devela un matiz de la crítica de arte, que si el escultor no siente esa pulsión de la forma y la materia, no domina su práctica artística.
Enjambre de nombres
Esta obra editorial es un enjambre de nombres, una cartografía de afectos, la bitácora de una estirpe. En la vida de este artista esculpir no es un oficio elegido: es una herencia respirada, un destino familiar que se lleva en las venas. ¡Cuántas imágenes y devociones pueblan ese altar del taller! Y que traspasan estas páginas del libro donde desfilan nombres de artistas que han cincelado la identidad de esta tierra mesoamericana. Está la presencia tutelar del padre, la complicidad de la madre celosa del taller de imaginería, la cofradía creativa de sus hermanos, y esa gran familia de escultores costarricenses que transformaron el paisaje físico y anímico de una provincia como Alajuela y de esta nación.
Al final “Todos los materiales del mundo” se convierten, inevitablemente, en todos los nombres de todos los continentes, inculcados por verso y reverso para escribir e impactar nuestra lectura sus biógrafos. Es el rezo colectivo de una dinastía de creadores que entendieron que el polvo que somos puede, mediante el arte, aspirar a una extensión de lo simple y cotidiano.
Escrutinio de apellidos, fechas, direcciones
Toda esta epopeya de la materia y de la sangre habría quedado dispersa en el viento del olvido sin el rigor y la sensibilidad y la paciencia de quienes supieron escuchar el eco del taller. Yo diría aún algo más: sentir el latir de un mapa que no se trazó solo, fue minuciosamente descifrado por la palabra y el pulso biográfico de Francis Abarca Cuaresma y Alexander Jiménez Matarrita. Ellos fueron los cartógrafos de este universo, los tejedores que transformaron el polvo de mármol, las astillas, las chispas del metal al pasar por el esmeril, y los recuerdos familiares en una narrativa lúcida y conmovedora. Lograron que el enjambre de nombres cobre cuerpo y que el relato de esta estirpe escultórica nacional quede sellada, para siempre, en la historia cultural costarricense. Un compromiso bien salvado a pesar de penetrar a todos los recovecos silenciosos y en la penumbra de los talleres de los Zúñigas, en el laberinto de la escritura.
Y es que -con esto cierro mi ojeada al libro de Franklin, que se presenta este sábado 5 de septiembre del 2026 en el Instituto Cultural de México-, pues, como bien dejó escrito el maestro Isamu Noguchi, no como un recurso retórico, sino como una validación universal del trabajo de la familia de todos los tantos y múltiples escultores Zúñigas:
“Todo es escultura. Cualquier material, cualquier idea sin obstáculos nacida en el espacio, la considero escultura”. Amigo lector, ¿será este libro prueba viviente de esa verdad absoluta? (Escriba sus comentarios bajo de estas líneas).
LFQ. Septiembre 2026.
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