Tomás Pineda Matus: Pasarela & Atavismos
La pintura contemporánea suele debatirse entre la abstracción pura y la representación literal. Sin embargo, la exposición “Pasarela” en el Instituto de Ciencias Jurídicas de Oaxaca, auspiciada por la galería Arte Relieve exhibe la pintura como un acto de “costura” de connotaciones psico-sociológicas, a través de 46 piezas (23 óleos y 23 dibujos sobre papel en mixtas), del artista Tomás Pineda Matus, originario de Chicapa de Castro en Juchitán. No exhibe modas, exhibe armaduras arquetípicas y tótems urbanos que nos configuran una sociedad de sujetos atávicos.
Paradojas de la actualidad
Hoy importa reflexionar sobre el carácter del dibujo para modas y la manifestación artística que emana desde ese ámbito del lenguaje contemporáneo, el cual se mezcla muy bien con la consagración misma de la materia y el tiempo: Durante siglos la academia separó con soberbia el arte asociado al intelecto, en la cual si disoció “artesanía”, asociada al oficio manual y la tradición. Pero esas barreras se fueron derivadas por la urgencia de una verdad material e incidencia de la memoria.
El valor del hacer en un mundo hiper-digitalizado e inundado por la inteligencia artificial (IA), dio un giro hacia el textil, la cerámica, el tallado en madera, el tejido de fibras naturales, e incluso hacia la gastronomía, como prácticas vernáculas o ancestrales en un acto de resistencia cultural.
Dialogar con el territorio, implica esta expectativa, donde el artista actual no solo adopta la técnica artesanal, y adopta la carga histórica que proviene desde la Bauhaus de Weimar en los albores de la segunda década del siglo XX. Al trabajar con el maestro tejedor o al modelar el barro local, el arte se conecta con la cosmogonía de un pueblo, con la tierra y con un tiempo ritual, experiencias venidas a más, que le devuelve al arte el alma y el cuerpo. Durante los años noventa, tan importante para consolidar este espíritu de transformación, el Moma de Nueva York y el Instituto de Arte de Chicago alentaron las discusiones sobre estos tópicos con la muestra “Alto y Bajo” (1991).
Arte contemporáneo y moda
Refiere al “lienzo que camina”, el cual dejó de ser un simple taller del corte y confección para convertirse en otra de las plataformas del performance potenciado por los mercados, y esto enmarca la exploración de Pineda Matus con “Pasarela”: ver la moda como un ritual de identidades. Sus modelos son cuerpos políticos y esculturas vivas, de un cuerpo humano en movimiento en el espacio público, ligado a las paradojas existenciales que abren diversos frentes de reflexión e inflexión.
Hoy el espectador no solo “mira” una obra; la habita. Las instalaciones contemporáneas dependen de paisajes sonoros y composición experimental, activa la carga psicológica del espacio-tiempo. Estamos hablando de sinestesias creativas, de diálogos horizontales donde el sonido se devuelve para ser materia, y el color implica con la vibración sónica.
El vestido como segunda piel
Al adentrarse en esta propuesta es indispensable cruzar el umbral de la psicología analítica de Carl Jung. El artista toma el traje como contrapunto de partida de los arquetipos de la personalidad, y lo hace para desmontar la noción del atuendo como accesorio superficial con todo y las contradicciones asumidas. En los lienzos expuestos por Pineda Matus, la indumentaria opera como una máscara o frontera que cada individuo interpone entre su ego y el escrutinio del mundo exterior. Los personajes no portan vestuario como mera decoración; habitan el vestido. La tela pintada se adosa al cuerpo hasta convertirse en una segunda piel indisoluble. Genera una paradoja visual donde el ser no se descubre de la desnudez, sino en la densidad de su ropaje. Al decidir qué ocultar y qué mostrar, mediante las texturas y densidad gráficas de capas y transparencias, el lienzo deja de registrar una figura humana para cartografiar los bordes de su psique.
Atavismo textil y memoria del istmo
El vestido en la exhibición “Pasarela” es también un atavismo. El término remite a la herencia ancestral que se niega a desaparecer, halla en la obra del pintor un anclaje directo con el inconsciente colectivo y la tradición textil del Istmo de Tehuantepec donde habita el artista. En aquella región el textil tradicional (el huipil y la falda bordada) no obedece a las lógicas efímeras del mercado global, sino a un riguroso ordenamiento simbólico, político y matriarcal.
Recupera una memoria arcaica y la traslada a sus trazos y lienzos. Las formas geométricas, las densidades matéricas y la irrupción de figuras de animales totémicos -caballos, toros, peces- fusionan con los ropajes y devuelven al espectador a un estado primigenio. Al adosarse estas indumentarias místicas, los cuerpos se transforman en monumentos vivientes de una mitología compartida. No es la ropa la que carga sobre los seres humanos: es el peso, el dolor y la soberanía del ancestro.
Objetos que nos hacen: El fetiche en la pasarela urbana
La muestra dialoga con la antropología social del fetiche urbano (Mischerlich 1968), rompe con la premisa tradicional de que el individuo domina los objetos que posee. La propuesta de Pineda Matus abraza la tesis inversa: el objeto adosado cobra autonomía tal, que termina por hacernos y construirnos.
En el caos de la vida moderna, el vestido opera como un artefacto o fetiche que otorga estatus, nos muda, pero dicta cómo debemos movernos en la esfera pública. Las vestimentas de los cuadros de Pineda poseen fuerza matérica y alto valor tacto-visual que, parecen devorar o dar forma a las anatomías que las sostienen, ¿será quizás símil del esqueleto en el argot popular que deviene en fervor hacia el mito de la muerte? Ya no somos nosotros quienes elegimos el fetiche: Es el fetiche textil el que nos dota de identidad, jerarquía y lugar en el tejido social y la cultura.
La pasarela como el panóptico social y el juicio del “otro”
En un desfile de moda real, el individuo camina para ser observado, clasificado y juzgado bajo estándares implacables. ¿Qué provoca al trasladarse este discurso al lienzo? La respuesta es un espacio de tensión donde las figuras que desfilan no solo comparten el espacio. Conviven en él.
La mirada del semejante en ese enfrentamiento nace de la constante comparación y de la presión por encajar o sobresalir en el ilusorio teatro social del cotidiano.
El atuendo es armadura, las prendas y trajes de las figuras no son simple decoración; funcionan como las máscaras sociales adoptando “roles” para confrontar al entorno.
Este artista mexicano explora el desmantelamiento de estereotipos y el poder hegemónico, donde el cuerpo (en especial el femenino) va más allá de los constructos sociales tradicionales. Infringe en la disrupción del canon, confrontando a sus modelos entre sí o que nos miren a los espectadores engatillando el desafío, rompiendo con la noción de pasarela pasiva del ayer.
Exhibe una resistencia a la hegemonía, al rol de los atuendos e identidades que cargan con la herencia cultural oaxaqueña o istmeña. Al confrontarse en un formato tan occidentalizado y elitista, esas figuras pintadas y dibujadas escenifican una batalla campal activa, contra los referentes estéticos impuestos por la cultura globalizada y el detractor consumismo.
La confrontación interna; Influencias vrs identidad real
El desfile puede interpretarse de manera introspectiva con nuestros propios referentes e influencias. Ocurre un desfile de los “múltiples yo”, en tanto las figuras con diversidad de atuendos bien podrían representar las facetas de una misma persona, asumidos por los gestos, los no lenguajes como la kinesia, prosémica o lectura de las distancias intercorporales, la paralingüística, entre otros signos de la comunicación actual.
La pugna existencial existe en tanto vivimos en un bombardeo constante de expectativas externas (lo que la sociedad dicta que debemos ser). El choque en la pasarela simboliza la fricción interna entre lo auténtico y lo aprendido o impuesto.
Pineda suele describir la existencia de las contradicciones, enfrentamiento que no tiene por qué ser violento o negativo; refleja el dinamismo del día a día: avanzar, resistir, negociar, erigir su espacio para reafirmar la existencia ante los demás, en ese tránsito constante que significa vivir.
Las paradojas
Al final la exposición nos confronta con el espejo de nuestra propia cotidianidad urbana. El recorrido nos recuerda la tesis sociológica y epistemológica fundamentada en la segunda mitad del siglo XX sobre la cultura material: Los seres humanos fabricamos los objetos que se comportan como hormas o moldes hechos de dura materia, pero, a la larga son éstos los que terminan en esculpir y configurar a nosotros mismos. Opera la metáfora de mediados del siglo pasado de Escher, de la mano que al dibujar se dibuja a sí misma. Demuestra que todos desfilamos a diario por la gran pasarela social, cobijados por nuestros propios atavismos imperceptibles y cargando sobre la piel el ropaje necesario para simular quienes somos. El sociólogo Alexander Mitscherlich concluye su profética percepción afirmando que todo depende de “la grandilocuencia o de nuestra propia testarudez”.
Un puente para concluir
A este nivel del discurso teórico sobre “Pasarela”, intento tender un puente entre la pintura, la poesía y la caligrafía como sintagma remitiendo al paradigmático libro “Nosotros los hombres”(1966), del poeta costarricense Jorge Debravo. En el poema, “Los Trajes”, concibe unas líneas lapidarias escribiendo con exactitud quirúrgica los lienzos de Pineda Matus: Estos trajes son objetos que comenzaron como objetos de servicio, pero terminan convirtiéndose en nuestros amos y carceleros. El poeta dice que hay que deshilacharse y romperlos frente al viento, que, al quedar desnudos ante las adversidades, buscaremos un traje nuevo.
Centra además el discurso del soplo interior que aporta la caligrafía que aparece en versiones sintetizadas de los cuadros. La soltura del trazo de Pineda Matus guarda afinidad espiritual y técnica con esa jerga “ideogramática” adoptada por el artista. En las artes orientales, el trazo no busca solo registrar un dato, sino capturar el “germen interior” o energía vital, la línea es un pulso libre, o una pulsión poética símil de la danza que transmite al lienzo lo que el corazón quiere portar a donde quiera que vaya.
Los códices y la memoria originaria mesoamericana, están arraigados en el Istmo de Tehuantepec, sus grafías evocan de manera inconsciente la estructura visual de los códices prehispánicos, en particular, la iconografía zapoteca trazada por los tlacuilos. En estas figuras o escrituras mesoamericanas el dibujo y el texto eran una sola cosa (un sistema logosilábico). Las líneas flotantes, espirales y contornos en esas pinturas, grafías y dibujos, rinden homenaje a la memoria histórica, creando una simbólica mitológica propia que conecta el pasado originario con lo contemporáneo, en un automatismo que va más allá del significado lingüístico; estas caligrafías representan el dibujo en su estado más primitivo y puro. Son trazos que al funcionar como “firmas del subconsciente”, no pretenden dar un mensaje a deletrear, sino construir una atmósfera enigmática en torno a las figuras recurrentes como son los rostros femeninos o de ls animalística del caballo y el toro. Comunicación que es propia de una bio/cultura que hoy habitamos.
LFQ, Agosto 2026
Referencias
Mitscherlich, Alexander. El Fetiche urbano, 1998. Bologna: Enaudi.
Debravo, Jorge. Nosotros los hombres, 1970. San José: Editorial Costa Rica.
Sondeo a IA de Google, agosto 10 2026
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